El comienzo de este relato claramente inscripto dentro del género de terror promete bastante. El clima que se crea en los primeros minutos anticipa la tragedia que obviamente va a desencadenarse en una sombría vivienda, prácticamente abandonada y ubicada en medio del campo, lejos de todo. La atmósfera que logra el director se va haciendo paulatinamente más y más agobiante; pronto la violencia gana el centro de la escena y domina el tono del relato. Sin embargo, es precisamente a partir de entonces que la historia pierde fuerza. Las sorpresas que propone la trama no alcanzan a atrapar del todo al espectador, y el desenlace (atención, no hay que abandonar la sala cuando empiezan a aparecer los títulos porque la película no termina allí) pretende producir un vuelco capaz de alterar el sentido de todo lo que se vio. Lamentablemente, quedan muchos hilos flojos, y el remate aparece rebuscado.

Florencia Colucci es la protagonista casi exclusiva del filme, al punto que prácticamente no abandona la pantalla; pero el desafío parece estar por encima de sus capacidades expresivas. Si bien en la primera parte de la película, apenas alumbrada por un par de faroles de mano, consigue momentos convincentes, su tarea se diluye hacia el final.

No se puede analizar este filme sin prescindir de las consideraciones a las que obliga la decisión del director de haber filmado la historia completa en tiempo real y prácticamente en un solo plano. Si bien hay que destacar que sale airoso del tremendo desafío que supone plantear la puesta en escena y el desplazamiento de la cámara casi como en una complicada coreografía, también es cierto que el haber renunciado a los cortes de montaje conspira contra el ritmo de la narración y la vuelve tediosa por momentos.

Con todo, y si se está dispuesto a no exigir demasiada coherencia al libreto a la luz de la revelación final, la película cumple con el propósito de mantener la atención del espectador como mandan los cánones del género.